Lazos de pan y sal

Recientemente estuve en Estambul, Turquía, en un viaje que ha transformado mi forma de pensar con respecto a los negocios y que ha abierto mi mente a nuevas posibilidades.

 

No estoy impresionado por su fuerte ética de trabajo ni porque son muy enérgicos en casi todo lo que hacen ni tampoco por lo poderosa que es su industria; aunque son rasgos valiosos, ya tenía una buena noción de ellos pues con anterioridad he hecho negocios con turcos.

 

Lo que verdaderamente me impresionó es su forma natural, a veces tosca, pero muy genuina y desinteresada de atenderte.

 

No importaba si era en un comercio grande o un “puestecito” en la calle; fue notorio que es un comportamiento empapado en la cultura y que no distingue clases sociales ni tampoco nivel educativo.

 

Al menos esa fue mi impresión al experimentar como sin importar si yo era cliente, proveedor o un simple extranjero, todas las personas sin excepción estaban dispuestas a interrumpir su agenda con tal de escuchar, comprender y ayudar. Ni el idioma (casi nadie habla inglés o español, por cierto), ni el tiempo, ni la dificultad parece detenerlos para ayudar a resolver.

 

En el viaje, nos pasaron varias cosas: nos perdimos en la ciudad, perdimos el transporte, olvidamos algunos objetos de valor en el apartamento, etc. Era algo usual que nos hicieran tomar asiento y que nos prepararan un té para que esperáramos. Frente a nuestros ojos un espectáculo de a veces hasta diez personas trabajando juntas por resolver lo que sea que pasara. A veces no era complicado, pero era como si experimentaran una dosis de mucha satisfacción al colaborar desinteresadamente por resolver una situación.

 

Ya en los últimos días de nuestro viaje tuve una conversación sobre esto con uno de nuestros amigos lugareños quien me manifestó lo importante que es para ellos la confianza mutua. Me dijo que no hay mejor manera de construirla que con actos de bondad, con un plato de comida o con una taza de té.

 

Entonces me enseñó una práctica que no voy a olvidar: “Cuando llegues a la casa de un turco siempre van a preguntarte si tienes hambre. Sabiendo que podría darte vergüenza decir que sí, van a servirte un vaso con agua fresca y una taza de té. Si el visitante toma el té primero quiere decir que genuinamente no tiene hambre. Pero si el visitante toma el agua primero, es una señal involuntaria de que podría tener hambre pero que le da vergüenza reconocerlo ante su anfitrión. Cuando alguien toma el agua primero, muy discretamente las personas en la cocina empezarán a preparar una variedad de comida y rápidamente la servirán para que tanto visitante como anfitrión la disfruten sin que nadie tenga vergüenza. Así se construye un lazo de confianza. Un lazo de pan y sal porque comen de la misma mesa. En esa mesa es donde todo lo importante sucede.”

 

Más allá de la veracidad científica sobre si tomar agua o té denota hambre o no, lo cierto es que demuestra la disposición de estas personas por servir y establecer confianza.

 

¿Te imaginas  llevar esto a nuestras empresas? ¿Cómo regalarle una experiencia como esta a nuestro personal? ¿Cómo enamorar a nuestros clientes con estos detalles?

 

Se trata más que de enseñar procedimientos y normas… es enseñar y vivir una cultura orientada a encontrar gusto por el servicio a los demás.

 

¿Tú qué piensas? Yo creo que es posible implementarla en tu organización. ¿Sabes? Me encantaría poder llevar esta enseñanza a tu equipo en persona y compartir con ustedes lazos de pan y sal. Te invito a contactarme para que conversemos.

 

Bendiciones amigos.

 

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