El ruido del temor

05/07/2017

 

 

Desde que tengo en casa a mi pequeño bull terrier, “Boy”, tengo el hábito de llevarlo a pasear muy temprano cada mañana por al menos 30 minutos a un parque cercano. Lo hago para que él pueda drenar buena parte de su energía, que de lo contrario usaría para devorar todos mis muebles; pero este hábito tiene un propósito aún mayor, y es que es mi tiempo de reflexión diario para mantenerme motivado y enfocado.

 

En nuestros paseos, una situación en particular me sirve de recordatorio diario sobre una lección que me fue difícil aprender cuando decidí iniciar mi proceso de transformación personal.

 

Verás, justo antes de llegar al parque hay un perro de apariencia muy agresiva que suele ladrar enérgicamente a todo el que pasa frente a su casa. En sus demostraciones de agresividad a veces arremete con tanta energía contra la puerta que casi parece que va a derribarla. Afortunadamente, es una puerta balcón de hierro que siempre está cerrada, por lo que el perro se mantiene prácticamente aprisionado dentro de su celda y no representa una amenaza real.

 

Diariamente, este perro de apariencia y actitud bravucona me recuerda que mis miedos también ladran muy fuerte dentro de mi cabeza. Mis miedos arremeten contra la puerta de mi mente con escenarios fatalistas de fracaso, soledad, enfermedad, etc. Afortunadamente, he aprendido que los miedos no son algo que uno deba tomarse tan en serio. De hecho, el mismo perro me lo demostró con total claridad el otro día.

 

Su dueño no cerró bien la puerta de la casa y cuando pasaba justo enfrente con Boy, el perro salió corriendo como siempre, arremetió con agresividad, pero esta vez la puerta sí se abrió y para mi sorpresa, se convirtió en un perro completamente diferente: no hacía ni el más mínimo ruido, agachó sus orejas, se quedó inmóvil, y no se atrevió a salir de su casa ni por un centímetro. No soy un experto en perros, pero dado que se había cumplido el refrán “perro que ladra no muerde”, me acerqué confiadamente a cerrar la puerta en solidaridad a mi vecino y seguí en mi camino.

 

Así sucede también con tus temores. Están encerrados en la celda de tu mente haciendo tanto ruido, sonando tan grandes, agresivos y fatales, pero al final, solo son una farsa; cuando la puerta de la celda se abre te das cuenta que no había nada que temer. El problema con el miedo es que paraliza si no se sabe enfrentar.

 

Hasta el día de hoy, aún después de ese episodio, el perro ladra de la misma forma cada vez que paso con Boy, pero lo que ha cambiado es que ya no lo tomo tan en serio, a veces ni siquiera me doy cuenta de su presencia…

 

Con esto quiero decirte que no debes ponerte como objetivo hacer que tus miedos se callen y desaparezcan. Mi recomendación para ti es que sigas avanzando a pesar del miedo, que te vuelvas sordo al ruido que genera el temor. Una vez avances más en tu camino de desarrollo personal te darás cuenta que, aunque la amenaza se siente real, la verdad, es que no había nada que temer.

 

La confianza es algo que se aprende en la práctica. No pierdas más tiempo esperando que el temor desaparezca para comenzar a hacer algo. Mejor empieza a actuar a pesar del temor, toma decisiones y corre riesgos, y de esta forma es más probable que tus miedos se disipen por sí solos. Verás cómo al pasar el tiempo, se convertirán en perros mansos e inofensivos de los que ni siquiera te percatarás.

 

Hay muchas áreas de mi vida en las que el temor ya desapareció por completo. Ya no hace ruido en lo absoluto. En otras áreas, aún debo continuar trabajando, pero lo hago sabiendo que mis miedos sólo se esfumarán si soy capaz de actuar a pesar de ellos.

 

Mi deseo para ti hoy es que te atrevas a actuar a pesar del temor.

 

Y tú, ¿cuándo callarás el ruido de tus temores?

 

Bendiciones amigos.

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